Reinventarse o morir

Suena dramático, tal vez excesivo, pero no deja de ser cierto. Morir como negocio, como empresario. Nada va a ser igual después de esta crisis, cuando acabe. De hecho, es posible que en realidad no acabe nunca, porque es estructural, es profunda, es eso que ahora llaman “sistémica”, o sea, del propio sistema. No acabarse nunca no significa que vayamos hundiéndonos indefinidamente, porque incluso el océano más profundo tiene un fondo. Significa que posiblemente tendremos que acostumbrarnos a vivir de otra manera para siempre, o para mucho tiempo al menos. Y no va a hacer falta que nos lo diga ningún gobierno: los hechos hablan por sí solos.

Al hablar de crisis de sistema no me estoy refiriendo a que el capitalismo se hunda irremisiblemente. No, para nada: sigo siendo un firme convencido de que es el mejor de todos los sistemas posibles, y de que es el único compatible con la libertad individual, con la iniciativa y con la muy legítima ambición humana, que en definitiva es lo que mueve el mundo. Miren si no los regímenes comunistas, donde esa ambición humana de crecer y enriquecerse estaba amputada, y observen a dónde han llegado. El capitalismo, el mercado, sigue siendo el sistema más eficiente. Lo que ocurre es que a veces se producen excesos que sin duda hay que corregir, y otras veces simplemente lo que el mercado dictamina no coincide con lo que nosotros quisiéramos.

Es duro asumir que hay negocios que no funcionan ni funcionarán, y que a lo mejor uno de ellos sea el nuestro. Es difícil asimilar que a lo mejor no todos servimos para ser empresarios. Es “heavy”, como se dice ahora, aceptar que tal vez nuestro salón no rendirá lo suficiente para obtener el nivel de vida que deseamos y que creemos merecer. Pero es la realidad, y no la vamos a cambiar a base de lamentarnos.

Ahora muchos claman porque la remota y nebulosa Unión Europea dice que a lo mejor los salarios en España son demasiado altos. Ya, es desagradable. Pero ¿acaso los autónomos no han visto dramáticamente reducidos sus beneficios en los últimos meses o años? A lo mejor es que vivíamos una ficción, una especie de Matrix en la que creíamos que éramos suecos en materia de lo que podíamos exigirle al Estado en forma de servicios, mientras que pretendíamos seguir siendo tercermundistas en algunas formas de explotar nuestros negocios.

Hay que profesionalizarse como empresarios. Y ello pasa por asumir que, aunque nos pese, hay unos impuestos que pagar, y que solo después de pagarlos todos podemos empezar a contar lo que nos queda a nosotros. Y que para ello hay que hacer previsiones, y conocer a fondo nuestra contabilidad y nuestra tesorería. Y que para ello, a su vez, hay que recurrir a profesionales. No intentemos hacérnoslo todo nosotros, porque eso precisamente forma parte de la necesaria profesionalización, que es una parte importante de la tan cacareada competitividad. Recurramos a quien sepa, y enseñemos a nuestra clientela potencial que, en materia de estética, nosotros somos los que más sabemos y los que mejor podemos ayudarles.

Profesionalidad, planificación, modernización. Puntos imprescindibles para afrontar esta nueva etapa, nueva era tal vez, en que la cruda realidad nos ha puesto en nuestro sitio y nos obliga a empezar de cero, ya saben, “vuelve a la casilla de salida”, para a partir de ahí trabajar de forma totalmente distinta y, como decíamos al inicio, reinventarse completamente. Vivimos en un mundo nuevo, en el que el cliente se ha convertido en un pequeño déspota (adorable, por supuesto, no se nos vaya a ofender…) que pulula por la red en busca de ofertas inverosímiles, cada día más baratas, cada vez más irresistibles. Por el otro lado, otro déspota (éste menos adorable), la administración, que se nos lleva buena parte de nuestros beneficios. Pero no perdamos de vista que a ese monstruo es a quien le pedimos sanidad gratuita, enseñanza gratuita, transporte barato, justicia rápida, seguridad ciudadana, pensiones dignas,… Es decir, que nos pedirá en la medida en que le pidamos, es fundamental que entendamos esto.

Y las empresas en medio, intentando luchar en ambos frentes. Por un lado, el del cliente, bregando por domesticarlo, por fidelizarlo, por hacerle entender que lo más barato no es siempre lo mejor, por enseñarle a ser exigente en la calidad, y en consecuencia a apreciarla. Y por el lado de la administración, intentando no pagar ni un euro más de lo imprescindible, de lo legal, y aprovechando todas las ventajas que la ley otorga. Estando bien asesorado, en una palabra.

Tiempos difíciles, tiempos de oportunidades, dicen. Hay que aprovecharlas.

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