¿Jugamos a los inspectores?

Les propongo un juego. Es un tanto macabro, lo admito, pero creo que les puede resultar muy esclarecedor. Eso sí, nadie puede prometer que las conclusiones o consecuencias que se extraigan vayan a resultar satisfactorias. Vamos, que no es lo mismo que jugar a los médicos, o a indios y vaqueros…

En general todos tendemos a autoconvencernos de que hacemos las cosas bien. En general, pero me estoy refiriendo ahora al tema de nuestros impuestos, nuestra contabilidad, nuestras declaraciones. Sí, todos preferimos repetirnos que todo está en orden, que si ocultamos alguna cosilla son pecados veniales que tampoco tienen trascendencia, que en definitiva todo el mundo lo hace (y como hemos visto en los últimos tiempos, nuestros líderes a la cabeza), etc.

Bueno. El juego consiste precisamente en eso: vamos a simular que llaman a su puerta y aparece ahora mismo, sin avisar, un inspector de Hacienda. Desengáñese: no es un hombre vestido de negro con semblante siniestro. Posiblemente sea una encantadora señorita joven y dinámica que aparecerá sonriente y jovial, aunque a los pocos minutos todo se ensombrecerá. En principio, el funcionario que les visite les hará algunas preguntas y tal vez solo deje una citación para que en un plazo de unos diez días comparezca usted en la Agencia Tributaria aportando una serie de documentos. Es más, puede que ni siquiera venga un inspector, sino que la citación le llegue por correo.
Tómeselo en serio, aunque esto sea un juego de rol: ha recibido usted una citación de la inspección de Hacienda. De entrada le han preguntado si tiene usted caja registradora, ordenador o tickets manuales. Le han pedido una lista de precios. Se han fijado en su salón, le han preguntado cuánta gente trabaja en él, desde cuándo existe, y sin duda han reparado en el aspecto general del establecimiento: superficie, marcas que usa, etc.

Llega usted a su casa por la noche un tanto alterado y empieza a preocuparse por esa citación. Avisa a su asesor y le pone al corriente. Oye al otro lado del hilo un “uf” que no le resulta nada tranquilizador. Pero acto seguido su asesor, que es muy profesional, intenta tranquilizarle y le indica que empiece a preparar documentos. En principio, sin problema: listados de facturas, liquidaciones de impuestos, extractos bancarios tal vez,… Lo tenemos todo. Usted se va relajando.

Pero llega el día señalado. La inspectora le recibe en su despacho, cordial y simpática. Está en su territorio, ha entrado usted en la boca del lobo. Va sacando papeles a medida que ella los pide. Ella anota cosas en una libreta. Aparta unos papeles, selecciona otros. Usted se repite obsesivamente que todo está en orden. Y sí, en su documentación oficial todo lo está. Pero ahí empieza el calvario. La inspectora se reclina en su asiento, mira la pantalla de su ordenador y empieza a hablar: “su empresa compra tanto al año en productos. Usted declara un inventario a final de año de equis. Por lo tanto ha gastado tanto menos equis. Según nuestros cálculos, eso debería dar para bastante más facturación que la que usted declara. Tiene usted cuatro empleados, 80 metros cuadrados y consume 7.000 kilowatios al año. Según nuestros promedios, los que nos servirían por ejemplo para los módulos, ese salón debería facturar tanto, y sin embargo usted declara un 30 % menos”.

Esto se complica: “verá, es muy relativo lo que se gasta en productos. Los ayudantes novatos aplican más de la cuenta. El aire acondicionado gasta mucha energía. Tengo muchos metros desaprovechados…”.

“De acuerdo, veamos. Declara usted que después de pagados todos los gastos del local, le quedan 1.800 euros mensuales. Tiene usted esposa que según nuestros datos no trabaja, y dos hijos en edad escolar o universitaria. Nadie más aporta ingresos a la familia. Paga usted una hipoteca de 900 euros mensuales una letra de un coche nuevo de 300 euros mensuales. La tarjeta de esos grandes almacenes que no mencionaremos para no hacer propaganda presenta un gasto medio de 150 euros mensuales. Sus visas indican que gasta usted unos 200 euros más en gastos varios. Luz, agua, gas, teléfono… aquí aparece un gasto en vacaciones de un crucero…”. “Bueno, fue un crucero pequeñito, humilde…”. “No lo dudo: 3.000 euritos. Faltan las matrículas de sus hijos. La moto que tiene el mayor. El abono del fútbol. El gimnasio de su esposa”. Se calla y le mira fijamente, son una espléndida sonrisa en el rostro: “cada mes gasta usted 1.000 euros más de lo que ingresa, ¿cómo lo hace?”. “Es que… tenía unos ahorros…”. “Perfecto, demuéstremelo la semana que viene en la siguiente visita”. “Y mi padre me ayuda de vez en cuando…”. “¿Su padre de 85 años que cobra una pensión de 600 euros? Interesante, quizá le llamemos a él también”.

De pronto usted despierta en su cama, empapado en sudor. Su mujer se inquieta: “qué te pasa, Manolo, una pesadilla? Estabas gritando algo así como ‘¡¡¡Hacienda somos todos!!!’”. “Nada cariño, nada. Pero recuérdame que en cuanto llegue al salón llame a mi asesor… Ah, y ve pensando en darte de baja del gimnasio”.

Es un juego nada más. Sádico si quieren, y más para el regreso de las vacaciones. Pero ahora en serio: hagan el ejercicio de imaginar que un inspector les revisa sus números. Pidan ayuda a sus gestores o a nosotros para hacer su simulación. Ojalá determinemos que todo está en orden y que no hay nada que rectificar. Ojalá. Pero, ¿usted qué cree? ¿será así?

Recuerde: más vale prevenir que curar…

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4 pensamientos en “¿Jugamos a los inspectores?

  1. Buenas tardes, Estoy de acuerdo por eso llevo todo este año preguntando si yo tengo todo en orden pero la verdad a fecha de hoy no lo se. Muchas gracias Gema Cabañero

    Enviado desde mi iphone

    • Como hemos hablado a menudo, una cosa es el cumplimiento de todas las obligaciones legales y formales (y en ese sentido los asesores podemos garantizar que todo está en orden, como ya te hemos comentado) y otra, hasta qué punto esas declaraciones reflejan la realidad de un negocio, cosa que a menudo los asesores ni siquiera sabemos. A partir de ahí, es cuestión de valorar los riesgos que se corren y cuantificarlos…

  2. Pingback: Engañar a Hacienda ¿sale a cuenta? | JAUMANDREU & ASOCIADOS

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